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"JOSEFINA LA EMPERATRIZ DE NAPOLEON"

Autor: Chevallier, Bernard

Editorial: ED EL ATENEO (ME)

Edición: 1, 2003

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Resumen:

Qué no se ha dicho, escrito, cantado sobre esta mujer que fue alternativamente criticada, adulada, abrumada, enaltecida y, de quien la leyenda no ha conservado hasta nuestros días más que la imagen encantadora y grácil de una mujer -niña. Seductora, por cierto, Josefina lo fue debido a su soberana soltura, su elegancia y su extremado refinamiento, pero cuán superior se revela la que se transformó como emperatriz por gracia de Napoleón Bonaparte, es da,a sin la cual el emperador no habría sido lo que fue. He aquí, por fin, en la pluma de Bernard Chevallier, un análisis objetivo de esta cautivante personalidad, a quien la historia, largo tiempo ciega, aún no le había hecho justicia. Una vez pasados los años revolucionarios, lo que nos ha quedado de su correspondencia y el testimonio de sus allegados más fieles revelan no sólo a una esposa profundamente apegada al emperador, madre y abuela atenta, sino también a una mujer de buen corazón, compasiva, siempre bien dispuesta para con sus amigos y los que recurrían a ella. Un espíritu distinguido, abierto a las artes y la cultura, famoso por su afición a la botánica, cuya ciencia ella contribuyó a difundir en Francia con discernimiento y autoridad. Una mujer de mente perspicaz y lúcida que enfrentó con igual dignidad los mayores honores y las pruebas más crueles. ¡Una gran dama, en verdad! Alix, Princesse Napoleón En este retrato íntimo que Bernard Chevallier ha logrado, la personalidad profunda de la emperatriz Josefina se revela muy alejada de la imagen de una criolla lánguida, frívola y despreocupada que la leyenda ha difundido. La buena estrella de Napoleón y su gran amor estuvieron asombrosamente inscriptos en su siglo: su vida se articula entre el espíritu enciclopedista de las Luces y la sensibilidad a flor de piel del Romanticismo. Se ha dicho de Josefina que era una mujer de salones; es verdad, pero no a la manera de una simple mundana. Que poseía un gusto pronunciado por la indumentaria y las alhajas es acertado, pero no más que las otras soberanas que ocuparon el trono de Francia antes que ella. Que le costaba muy caro al emperador; es imposible negarlo, pero debía mantener un tren de vida tan imperial que jamás pudo controlar los gastos de su mansión. Que tenía la manía de acumular cuadros, antig?edades y curiosidades de todo tipo en sus palacios; es cierto, pero su aliento a las artes se inscribía en la tradición del mecanazgo real seguido por Napoleón. Animada por una pasión poco común por los jardines y las ciencias naturales, halló en la pintura trovadoresca, sobre todo luego de su divorcio del emperador, un espejo ideal para su alma desgarrada y solitaria. ¿Quién mejor que Berbard Chevallier, director del Museo Nacional de los Castillos de la Malmaison y Bois-Préau, para realizar su retrato?

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