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"Obras poesía teatro artículos y cartas · EM055"

Autor: Acuña, Manuel

Editorial: Editorial Porrúa México

Edición: 4, 2011

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Resumen:

Diversas circunstancias han determinado que la breve obra literaria de Manuel Acuña sólo haya sido considerada hasta ahora desde perspectivas tan extremosas como el panegírico de la legión de sus devotos o el desprecio de los iniciados en las quintaesencias poéticas. Pero si se enfoca su obra apartándose en lo posible de ambos extremos, la imagen que ganamos de él distará sin duda del genio que los primeros proclaman tanto como del gemebundo y cursi poeta que los últimos denigran, pero no carecerá, por ello, de relieves interesantes. Conviene recordar, en principio, que Acuña escribe su obra entre 1868 y 1873, es decir, entre sus diecinueve y sus veinticuatro años, con los que apenas iniciaba su juventud, y que escribe, por otra parte, situado entre la generación de reformistas y liberales, que acababan de hacer dos guerras y de revolucionar la Conciencia política y social de México, y la nueva generación que se forma en torno al magisterio nacionalista de Altamirano y que comienza a manifestarse en 1869 en el semanario El Renacimiento. Consecuentemente, su obra será expresión tanto de aquel clima de adolescencia cuanto de las ideas políticas y literarias que mueven a los hombres de su tiempo y que él, con la arrogancia propia de sus años, abraza y exagera fervorosamente. En atención a uno de los sectores más notables de su obra, Acuña pudiera ser llamado, en efecto, el poeta de los ideales de la Reforma. La condenación del fanatismo, de la tiranía y de los crímenes de la sociedad; la exaltación del progreso y de las luces de la razón; la creencia en la redención por la enseñanza y la ciencia tienen, en poemas como Ocampo y Uno y quinientos, expresiones aun de ferocidad partidarista, y, fiel a aquellas convicciones, su autor llegó a proclamar, en el Himno á la Sociedad Filoiátrica, un culto a la ciencia que substituyera en la conciencia de los hombres el culto a un Dios. Los crímenes de la sociedad, como entonces se los llamaba, encontraron también en Acuña: un exaltado denunciador. Su poema La ramera, apenas defendible como poesía por sus recursos efectistas y sus claroscuros primitivos, debió producir en su tiempo una conmoción social por la sorprendente energía con que un joven de veinte años tomaba la defensa de la mujer caída. Refiriéndose años más tarde a este poema, un escritor conservador, J. de J. Cuevas, decía, orgulloso de su severidad moral, que " arrojar amores y ternuras a los pies de las mujeres perdidas es el insulto más soez que puede lanzarse al rostro de las mujeres honradas. " Acuña volvió posteriormente a tratar con más amplitud tan espinoso asunto en su único drama El pasado, que en su tiempo alcanzó un éxito memorable y mereció ser repuesto en escena hasta cinco veces, en la ciudad de México y en Toluca y Puebla. En sus tres breves actos, la pieza cuenta la historia de una mujer caída y regenerada, a quien la "sociedad " y las intrigas de unos despechados impiden disfrutar la felicidad que gozaba al lado del pintor que la había desposado, devolviéndola implacablemente a la proscripción y a la miseria. Escrita desde 1870, cuando Acuña no contaba más de veintiún años, la obra tiene las mismas limitaciones del poema que la había esbozado, a más de un dibujo excesivamente esquemático y simplista en el desarrollo dramático, consecuencia obvia de la juventud y de la inexperiencia teatral de su autor. El pasado no carece, sin embargo, de esa animada soltura de la mayoría de los escritos de Acuña, y tiene la fuerza persuasiva de una fábula dramatizada, en la que una convención permite acentuar los perfiles del bien y del mal, del dolor y la alegría para asegurar más el efecto de la prédica.

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